
Hola,
En estos días no les he compartido nada, y ahora notarán que estoy realizando un cambio en la línea de temarios que hasta ahora había seguido. Tenía planeado continuar con una ruta básica de conocimiento en psicología y, lógicamente, abordar más adelante temas como el duelo. Sin embargo, he decidido romper ese esquema. El motivo: la repentina pérdida de mi madre.
Esto, en un primer momento, me llevó al silencio. Necesité espacio y tiempo para gestionar mis emociones. Y ahora, que siento una leve estabilidad, me veo con la necesidad de escribir. Pero no me nace seguir con el temario. Al contrario, me gustaría compartir con ustedes un poco sobre el duelo, desde lo personal y desde lo profesional.
El duelo es esa conversación silenciosa que nadie elige, pero que, en algún momento, todas las personas debemos sostener. Es una charla íntima con la ausencia, un diálogo con lo que ya no está, pero dejó huella. Le llamamos duelo, pero muchas veces es simplemente soledad.
Una soledad densa, inesperada, que se cuela en los días y en las rutinas. Aparece al caminar por los mismos pasillos, al sentarte en el salón, en la cocina, al entrar a casa… Los saludos, las respuestas cortas o largas, las risas, las quejas, las conversaciones que quedaron a medias. Todo lo que simbolizaba la presencia de quien ya no está genera un cúmulo de imágenes mentales.
Y esos recuerdos llegan de golpe, con más fuerza que nunca, porque sabes que esos encuentros no se repetirán. Aunque la mente envíe el mensaje de que la persona se ha ido, nuestras emociones —esas queridas y complejas emociones— nos golpean una y otra vez. Y así, por momentos ríes, y en el siguiente, lloras.
Cuando la pérdida es repentina —como la muerte de un ser querido, un accidente, una enfermedad fulminante— el impacto emocional es aún más profundo. Porque no hubo tiempo para despedidas ni para cerrar capítulos. La vida cambia en un segundo y nos deja con el corazón a medio escribir.
Este tipo de duelo nos desorganiza. Porque no pudimos decir adiós. La negación se vuelve intensa. Aunque sabemos con certeza lo ocurrido, aparece esa frase insistente: «Esto no puede ser verdad…»
En mi caso, la ira no fue hacia otras personas, fue conmigo misma. Por no haber podido estar allí, en el hospital. Por la frustración de querer acompañar y saber que la distancia me lo impedía. Otras personas pueden sentir enojo hacia quien da la noticia, o hacia las circunstancias. Cada persona tiene su forma de liberar ese dolor.
Luego aparece el famoso “si hubiera…”. En mi caso, es la etapa que más me está durando. Planes a medias, conversaciones pendientes… Todo eso alimenta la culpa y la necesidad de negociar con lo irreversible. Pero es importante reconocer que ese “ojalá” es parte del proceso. A veces nos castigamos tanto que olvidamos darnos el permiso de reflexionar y recordar con compasión.
Hace poco le comenté a una vecina: “Ojalá hubiera estado más tiempo…”, y ella me respondió algo que me marcó: “El tiempo que estuviste fue tuyo”. Le doy gracias por esa reflexión. Me ayudó a aceptar lo ocurrido sin destruirme más. No sé cuál será la frase que te llegue a ti, o si será un gesto o un recuerdo… Pero algo, en algún momento, traerá calma y te ayudará a darle sentido al torbellino emocional.
Por eso, aunque te hablen de etapas y pasos del duelo, no te apresures.
Date tu tiempo. No te obligues a superarlo como si fuera una carrera.
Date permiso para sentir, para protestar, para dudar de tu percepción. Siente con intensidad. Llora. Y cuando quieras respirar, hazlo a tu ritmo. Tal vez sea una respiración entrecortada, tal vez una lenta y profunda. No importa cómo sea, lo importante es que lo hagas. Ya tenemos bastante carga emocional intentando sostenerse; no necesitas agregarte exigencias.
El duelo no es lineal ni uniforme. A veces se llora, otras se grita, otras simplemente se guarda silencio. Y todo eso es válido.
Necesitamos espacio para reconocer lo que sentimos, tiempo para reconstruirnos y, sobre todo, acompañamiento que no nos imponga ritmos ni respuestas.
Acompañar el duelo no significa tener soluciones. A veces basta con una presencia sincera. Un “aquí estoy” sin prisa por cerrar heridas.
Porque muchas veces la conversación no es con otra persona, sino una conversación de la soledad. Una que sucede en lo más íntimo, cuando al fin nos permitimos escucharnos.
Hablar del duelo es nombrar el dolor. Y al hacerlo, tal vez no desaparezca, pero al menos deja de estar en silencio.
Y con eso, algunas veces, es suficiente.
